El miedo en las madres. Historia de un brazo roto

Creo que el miedo es, junto a la culpa, el sentimiento negativo que más nos invade a las madres. Si no, preguntaos qué fue lo primero que sentísteis al enteraros de que estabais embarazadas… Casi simultáneamente a la alegría que normalmente genera esta buena nueva, nos invade un acojonamiento importante que, si bien se va mitigando conforme vamos calmándonos, asimilándolo o buscando información y consejos (de los buenos)… resurge a la mínima que pasa algo que se sale de nuestros esquemas.

Esto, lamento decirlo, lejos de ir a menos cuando van creciendo las criaturas, va a más porque no tenemos ni idea de ser padres y aprendemos con el método científico ensayo- error qué desastre, y claro tememos que elerror sea fatal.

Así que estamos siempre en un sin vivir… al menos yo… Qué ahora me toca enfrentarme a la adolescencia y no tengo ni puta idea (perdonad mi lenguaje hoy, pero es que estoy alterada).

Un descuido y un brazo roto

Pero hoy no os voy a hablar como últimamente de esta nueva etapa en nuestras vidas, no. Os cuento esto del miedo porque cuando por fin creía que la época de estar vigilando constantemente a los niños había terminado, va y mi pequeño se rompe un brazo por una caída tonta.

Yo pensaba que al ir con sus hermanos mayores y estar en una plaza supuestamente sin peligros aparentes no podría pasarle nada, pero, ¡Oh mala fortuna!, en un descuido intentó bajar de una repisa de una ventana, no muy alta, e inexplicablemente se rompió cúbito y radio del brazo izquierdo (no había tanta altura como para eso, pero debió de caer mal, si no, no me lo explico).

La culpa y el miedo

Así que ya tengo recién reactivado el pack completo que viene de serie con la maternidad: culpa y miedo.

Culpa por no haber estado en ese momento mirando, y miedo porque estas cosas nos recuerdan lo frágil que es la vida humana, que cada día que pasamos bien y todos juntos es un regalo, y que hagamos lo que hagamos hay cosas que no dependen de nosotros.

De tripas corazón

Todas estaréis de acuerdo conmigo en que ver sufrir a un hijo te provoca algo tan visceral que querrías cambiarte por él. En esos momentos de incertidumbre hasta que supimos que tenía una buena solución su rotura y la angustia de oírlo gritar de dolor hasta que le pusieron la medicación te hacen tambalearte y si no fuera porque sabes que eres su referencia y punto de apoyo te desmayarías ahí mismo. Pero en cambio le sonríes y le tratas de hablar con voz baja y suave para transmitirle calma y seguridad, y ante su pregunta:

¿Mamá, me voy a morir?

Le dejas claro con el corazón encogido que de eso no se muere nadie y que se va a poner bien.

Todo salió bien

Gracia a Dios y a los médicos de laArrixaca parece que el brazo va a quedar bastante bien porque le colocaron los huesos y quedaron perfectamente alineados antes de ponerle la escayola. Esto lo hicieron bajo sedación porque si no no hubiera soportado el dolor.

Una vez en casa, las primeras noches las pasó junto a mí con mucho dolor y agobiado por no poder dormir, pero ya está mucho mejor, sin dolor, y casi acostumbrado a dormir con la escayola, que pesa más que él.

Ya está mucho mejor

Enseguida volverá al cole donde lo esperan sus compañeros para firmársela, y donde sin duda tendrá su minuto de gloria como protagonista al contar su hazaña.

Todo ha salido bien, pero cuando se trata de nuestros hijos las madres sentimos el peor de los miedos que se pueden vivir. Auténtico terror.

¿Lo has sentido?